San Juan llora la partida de uno de sus hijos más queridos. Este lunes falleció Horacio “Chango Huaqueño” Villafañe Ahumada, dejando un vacío imposible de llenar en el folclore cuyano y en el corazón de quienes lo escucharon cantar.
«Chango era primero un excelente ser humano un gran hombre gran persona dispuesto siempre a dar la mano y en lo artístico lo que todos sabemos ,autor ,compositor ,cantor y gran referente de nuestra música. Además de ser uno de los primeros divulgadores de la obra de Buenaventura Luna ( Gustavo Troncozo)»
Nacido en Huaco, tierra jachallera que late al ritmo del folclore, Villafañe supo desde muy joven que su destino estaba ligado a la música. Con una voz cálida y profunda, capaz de acariciar el alma y de encender la nostalgia, construyó un repertorio que lo transformó en bandera de la cultura popular sanjuanina.
«El chango un gran amigo de mi padre, solamente agradecerle por tanto aporte a la cultura! Y dejar esas hermosas obras, que seguramente van a recorrer el mundo entero defendiendo nuestras costumbres. Un hombre genuino y con un ideal hermoso ( Andrés Cantos)»
Su talento no se midió solo en números —más de cien canciones — sino en la capacidad de transmitir emociones genuinas, de contar la vida de su gente con una poesía sencilla pero cargada de verdad. “La Semilla de la Tradición”, su zamba más emblemática, trascendió fronteras y se convirtió en un himno en la Fiesta Nacional de la Tradición, símbolo de Jáchal y orgullo de toda la provincia.
Quienes lo conocieron destacan no solo al artista inmenso, sino también al hombre cercano, de sonrisa franca, que nunca olvidó sus raíces. “El ídolo de los pueblos”, como lo llamaban, fue también un incansable defensor de la memoria de Buenaventura Luna, continuando ese legado de dar voz a la tierra cuyana y a sus historias.
Hoy, Jáchal y San Juan entero lo despiden con dolor, pero también con gratitud. El “Chango Huaqueño” no se apaga: seguirá vivo en cada festival, en cada peña, en cada guitarra que suene recordando sus melodías. Su legado, hecho de coplas y de amor por la identidad cuyana, se convierte desde ahora en herencia eterna.
El Chango se marcha, pero deja encendida la llama de una tradición que él supo honrar como pocos

